La cuestión es que me compré un celular hermoso, con slide y teclado qwerty, di-vi-no. Pero al tiempo empezó a fallar. Al hacer una llamada mi teléfono quedaba mudo no pudiendo escuchar ni el tono ni la voz del que me atendiera durante los primeros 30 segundos. Lo que implicaba que me corten, tener que volver a llamar, y la mayoría de las veces el interlocutor se llevaba de yapa todas mis puteadas y maldiciones dirigidas a mi nueva errada adquisición.
Después de casi 2 meses por fin lo llevé al service. Eso significa que tuve que volver a mi equipo anterior. Siempre me pasa la misma pelotudez, y hoy, no fue la excepción. Tengo cierto tipo de rechazo al borrado de mensajes cuando una "relación" se acaba. No consigo eliminarlos atrás de la huída acompañante. Suelo borrarlos recién ante la llegada de un nuevo amorío que llena mi casilla de palabras dulces a estrenar, entonces se aplica el dicho "borrón y mensajes nuevos". Y así es que mientras nadie toca mi puerta quedan por un tiempo, ahí estancados, callados, amenanzantes, esperando ser borrados por alguien que en principio va a simular ser mejor que el anterior para después demostrarme lo contrario.
Hoy volví al Sony y me encontré con una millonada de mensajes de mi último affaire, Nicolás. La cagada es que esta vez no los tenga que borrar por algún masculino naciente, sino por haber tenido que volver a él por culpa de mi nuevo-puto celular.
Acabo de borrar todos esos viejos mensajes que databan de noviembre/diciembre. Pero mi mazoquismo es más fuerte que yo, y entonces antes de eliminarlos de una buena vez, necesité revivir cada falsa palabra que alguna vez leí con mi mejor sonrisa. Mi humor cambió automáticamente, de más está decirlo.
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